A la una de la mañana, espera el tren Mitre en la estación
San Isidro, rumbo a Retiro. Tiene la edad indefinida de esos últimos eslabones
de la clase obrera. Las manos pequeñas y anchas, la camisa adentro del
pantalón, un bolso de cuero negro apretado entre las piernas, una lastimadura
con sangre seca en la nariz. Pero al hombre lo distingue otra cosa: una bandera
argentina atada al cuello, que le cuelga por la espalda a modo de capa. Del
celular que guarda en el bolsillo de la camisa sale un chamamé al palo que copa
la estación. El superhéroe precario no tiene más poderes especiales que el de
la supervivencia. A puro sapucai va combatiendo al reggaetón y toda esa clase
de ruidos que buscan perforar el sonido de su identidad.
INGENIERÍA DEL OCIO
2012. Nada terminó. A mediados de enero todos nos prometemos pintar la pieza, arreglar la parrilla, viajar más, renunciar al trabajo, leer a Spinoza, hacernos un blog. Se calcula que hay más de 100 millones de blogs abandonados. Me hice uno y no prometo sostenerlo en marzo. Tiene la palabra Allen Ginsberg: "¿A quién le importa?". A mí me importa. Darse tiempo para. A mí me importa.
lunes, 2 de abril de 2012
miércoles, 28 de marzo de 2012
OBSOLESCENCIA PROGRAMADA - PARTE 5
Parte 1 Parte 2 Parte 3 Parte 4
Castagneto llamó. Al final su
apellido era Astegiano. Le expliqué mi hipótesis. Diagnostican que el problema
de la heladera es de la plaqueta. Uno no puede decir nada. Le ponen una
plaqueta nueva por 1400 pesos. Se llevan la vieja. La arreglan y la venden como
nueva. Astegiano dice que de ninguna manera, que eso lo hará la gente poco
honesta. “No te voy a decir que eso que vos decís no pasa”, reconoce. Me da una
dirección en Parque Patricios donde ir a recuperar mi plaqueta rota. Ya es
marzo. Todo empezó otra vez. Nunca la voy a buscar.
Tres semanas después.
-
¿Escuchás? – dice Valeria, parada frente a la heladera.
-
Es normal, amor. Todas hacen ese ruido.
-
A mí me parece un poco más fuerte.
-
Es normal. Aparte enfría bárbaro. No te olvides que
cambiamos la plaqueta.
Ocho horas después. Cuatro de la
mañana.
El ruido atraviesa el pasillo,
cruza la puerta cerrada, traspasa las frazadas del primer otoño, entra por mis
oídos, baja por la tráquea, se anuda en forma de angustia en el estómago,
vuelve a subir, vibra en el pecho, sigue camino por el cuello, el interior de
la cabeza, se aloja a la altura del entrecejo, cuatro centímetros hacia
adentro. La puta madre que lo re mil parió. Me levanto. Estoy en calzones y
remera. Calzo las pantuflas y con ese atuendo de superhéroe retirado, voy a
enfrentar a la Bosch Frost Free. Es como si Megadeth estuviese tocando en el
freezer. Abro la puerta y en vez da Dave Mustaine, hay una milanesa de soja. El
ruido para cuando abro, tanto el congelador como la heladera. Apenas cierro,
comienza a vibrar y en cuestión de segundos adquiere un volumen insoportable.
Enfriar, enfría. Por ahora. Castegianeto y la puta que te parió. ¿Tendrá que
ver con la plaqueta nueva? Tengo garantía. ¿Y si es un problema mecánico
independiente de la plaqueta? Ahí podría llamar a José, el técnico romántico
que construye sus propios aparatos, pero me va a cobrar. Y si es la plaqueta me
va a decir otra vez que no puede hacer nada, pero tendría que pagar la visita.
Pienso. Pienso mientras como una feta de queso de máquina. Pienso mientras
calculo que en tres horas va a sonar el despertador. Pienso, mientras el ruido
me duele más allá del cuerpo, metafísicamente.
Continuará
lunes, 26 de marzo de 2012
BASURA
Cuando me mudé a esta cuadra la
cosa ya funcionaba así: las bolsas de basura se tiran en el medio de la calle.
Ni en la vereda, ni en los canastos, ni al pie de los árboles. Y que los pocos
autos que pasan esquiven las bolsas como puedan. No es cosa nuestra. Acá no
hacemos asambleas ni nos dejamos cartelitos. Telepatía pura. Un acto de
protesta colectivo que nunca necesitó de una reunión. Si no nos ponen los
tachos grandes, nosotros tiramos todo en el medio del asfalto. En las paredes
del puente, algún vecino se descargó con un grafiti contra la empresa que
alguna vez ganó la concesión: “Integra: queremos tachotes como en todos los
barrios”. Como no se hacen cargo, tomá. Para que la veas. Al medio de la lleca.
¿Si separamos cartón y papel del resto? ¡Qué se yo! Hacemos lo que podemos.
Andá a decirle a Rulo, el del taller de electricidad para autos, que tiene un
perro de mierda que le ladra en la oreja todo el día, que se acuerde de separar
la basura. O decile mejor a las 300 familias de todas las etnias que salen del
pasillo de enfrente, que más que un PH parece la torre de Babel volcada.
Preguntale a la vieja enana que vive en Argentina hace 50 años y todavía no
habla castellano si ella separa la basura. Acá no se trata de ecología, de
organización social ni de una mierda. Llegás a la cuadra, ves que todos tiran
las bolsas en cualquier parte y vos hacés lo mismo. Y si no te gusta, mudate a
la cuadra siguiente, que dicen que son de Santa Rita para hacerse los Villa del
Parque, cuando son re Paternal.
martes, 28 de febrero de 2012
ACÁ QUEDÓ SU SANGRE
Un vaso de yogur con agua que
sirve de maceta para una planta que tiene hojas con forma de moneda. Está
apoyado sobre un volante con las diversas clases de artes marciales donde
resalté los horarios de tai chi. Al lado, un cenicero con tres colillas. Una birome
negra sin tapa que no hace falta probar para saber que no funciona. Los
tornillos de algo que desarmé. La fuente quemada de una computadora que guardé
pensando que podía tener un sentido artístico. Un banquito de plástico con una
pata rota después de la caída de mi amigo Pablo. Fue gracioso. El mismo día
volcó Ananá Fizz en la terraza y cuando quiso baldear se mojó las zapatillas.
La pared a medio pintar. Una mosquita que salta por el monitor y ahora está
Acá
Acá.
No,
acá.
Acá
quedó su sangre.
domingo, 26 de febrero de 2012
EL MÉTODO DE EVALUACIÓN
Tenía que beber todo de un trago para recibir el diploma. La
profesora me observaba por encima de los anteojos. No había nadie más en el
aula. Metí las manos en los bolsillos del pantalón, me dejé caer en el asiento,
apoyé la nuca en el respaldo y extendí las piernas, montando la izquierda sobre
la derecha. Deshice la postura cuando empezó a picarme la barba y después de
rascarme volví a la posición anterior. Es el último paso, remarcó la profesora
en un tono meramente informativo. La escuché sin verla. Era más interesante
pensar en los motivos que desgastan los bordes de los escritorios. Pregunté si
ya todos lo habían hecho, mientras quitaba la mano izquierda del bolsillo y la
llevaba a mi estómago. No importaba qué habían hecho y dejado de hacer mis
pares. Yo debía rendir de todos modos. Sin cambiar de posición, observé el vaso
y su contenido: un brebaje espeso como leche hervida, pero de un color parecido
al celeste. La consistencia me recordó a los remedios de la infancia que diagnosticaban
los médicos ante la imposibilidad de quedarme quieto. Creo que surtieron
efecto. Ya casi no corro ni deseo levantar faldas contra la voluntad de las
chicas. Parece que ahora usan pastillas. Nada líquido. Nada celeste. Salvo el examen
final. La profesora, de pie, apoyó sus brazos estirados sobre el escritorio y
dejó caer su peso levemente hacia mi lado. Me miró a los ojos, interpelándome.
Yo observé la distancia entre sus pechos. Las uñas largas y pintadas de rojo de
la profesora marcaron un compás impaciente sobre la tabla. Supuse que tenía que
beber o retirarme. Sin aviso ni posición intermedia, en un solo movimiento, me
repuse, tomé el vaso y tragué su contenido enérgicamente, sin pausas. Miré a la
profesora, pero a mi alrededor flotaban millones de partículas plateadas, como
si hubiese recibido un golpe. Me zumbaban los oídos. Sentía como si mi cuerpo
terminara en la cintura y las piernas fuesen apenas un pantalón sin contenido.
No percibí el momento en el cuál la profesora caminó hasta quedar detrás de mí.
Tampoco pude ver de dónde sacó la toalla que colocó en mis hombros. Acercó su
boca a mi oído para informar que había aprobado. Creo que sonreí con los ojos
cerrados antes de vomitar. Luego pregunté si tendría que rendir nuevamente el
examen o alcanzaba con dejar limpio el establecimiento.
martes, 21 de febrero de 2012
NO HAY MAYOR TRIUNFO QUE SABERSE DERROTADO
Me electrifico hasta los dedos para señalarte una vez más.
Resto de vitalidad que saco de no se dónde
para señalarte una vez más.
Saliva espesa fermentada en mi pecho
para marcarte una vez más.
Lágrima seca de insensibilidad inyectada
que te obligaré a mirar.
Cambiaste mi voz
pero te ahogará mi aliento cuando quieras nombrarme.
Robaste mis ideas
pero todavía no descubriste su mecha
Secaste mi carne
pero haré llegar mis huesos a tu puerta.
domingo, 19 de febrero de 2012
OBSOLESCENCIA PROGRAMADA - PARTE 4
Llamo al servicio técnico. Atiende una mujer.
- Service, buen día.
- La plaqueta.
- ¿Hola?
- La plaqueta. Quiero recuperar mi plaqueta.
- Perdón, señor, ¿cómo dice?
- Ustedes cambiaron la plaqueta de mi heladera. Se llevaron la
rota. Es mía.
- Disculpe, ¿me podría decir qué…?
- 12 de febrero. La Paternal. Bosch Frost Free KSU 33.
Castagneto. Castagneto cambió la plaqueta y se llevó la rota. Es mía.
- Muy bien, le informaremos al técnico para que se comunique
con usted.
- Ustedes dicen que las plaquetas están rotas, venden
plaquetas que dicen que son nuevas a 1400 pesos, pero se llevan la que estaba.
Las arreglan y las venden como nuevas.
- No, señor, de ninguna manera. Le voy a decir el técnico que
se comunique.
- Castagneto. Dígale a Castagneto que espero su llamado.
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