lunes, 2 de abril de 2012

SÚPER SAPUCAI


A la una de la mañana, espera el tren Mitre en la estación San Isidro, rumbo a Retiro. Tiene la edad indefinida de esos últimos eslabones de la clase obrera. Las manos pequeñas y anchas, la camisa adentro del pantalón, un bolso de cuero negro apretado entre las piernas, una lastimadura con sangre seca en la nariz. Pero al hombre lo distingue otra cosa: una bandera argentina atada al cuello, que le cuelga por la espalda a modo de capa. Del celular que guarda en el bolsillo de la camisa sale un chamamé al palo que copa la estación. El superhéroe precario no tiene más poderes especiales que el de la supervivencia. A puro sapucai va combatiendo al reggaetón y toda esa clase de ruidos que buscan perforar el sonido de su identidad.   

miércoles, 28 de marzo de 2012

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA - PARTE 5

Parte 1  Parte 2  Parte 3   Parte 4


Castagneto llamó. Al final su apellido era Astegiano. Le expliqué mi hipótesis. Diagnostican que el problema de la heladera es de la plaqueta. Uno no puede decir nada. Le ponen una plaqueta nueva por 1400 pesos. Se llevan la vieja. La arreglan y la venden como nueva. Astegiano dice que de ninguna manera, que eso lo hará la gente poco honesta. “No te voy a decir que eso que vos decís no pasa”, reconoce. Me da una dirección en Parque Patricios donde ir a recuperar mi plaqueta rota. Ya es marzo. Todo empezó otra vez. Nunca la voy a buscar.

Tres semanas después.

-         ¿Escuchás? – dice Valeria, parada frente a la heladera.
-         Es normal, amor. Todas hacen ese ruido.
-         A mí me parece un poco más fuerte.
-         Es normal. Aparte enfría bárbaro. No te olvides que cambiamos la plaqueta.

Ocho horas después. Cuatro de la mañana.

El ruido atraviesa el pasillo, cruza la puerta cerrada, traspasa las frazadas del primer otoño, entra por mis oídos, baja por la tráquea, se anuda en forma de angustia en el estómago, vuelve a subir, vibra en el pecho, sigue camino por el cuello, el interior de la cabeza, se aloja a la altura del entrecejo, cuatro centímetros hacia adentro. La puta madre que lo re mil parió. Me levanto. Estoy en calzones y remera. Calzo las pantuflas y con ese atuendo de superhéroe retirado, voy a enfrentar a la Bosch Frost Free. Es como si Megadeth estuviese tocando en el freezer. Abro la puerta y en vez da Dave Mustaine, hay una milanesa de soja. El ruido para cuando abro, tanto el congelador como la heladera. Apenas cierro, comienza a vibrar y en cuestión de segundos adquiere un volumen insoportable. Enfriar, enfría. Por ahora. Castegianeto y la puta que te parió. ¿Tendrá que ver con la plaqueta nueva? Tengo garantía. ¿Y si es un problema mecánico independiente de la plaqueta? Ahí podría llamar a José, el técnico romántico que construye sus propios aparatos, pero me va a cobrar. Y si es la plaqueta me va a decir otra vez que no puede hacer nada, pero tendría que pagar la visita. Pienso. Pienso mientras como una feta de queso de máquina. Pienso mientras calculo que en tres horas va a sonar el despertador. Pienso, mientras el ruido me duele más allá del cuerpo, metafísicamente. 

Continuará



lunes, 26 de marzo de 2012

BASURA


Cuando me mudé a esta cuadra la cosa ya funcionaba así: las bolsas de basura se tiran en el medio de la calle. Ni en la vereda, ni en los canastos, ni al pie de los árboles. Y que los pocos autos que pasan esquiven las bolsas como puedan. No es cosa nuestra. Acá no hacemos asambleas ni nos dejamos cartelitos. Telepatía pura. Un acto de protesta colectivo que nunca necesitó de una reunión. Si no nos ponen los tachos grandes, nosotros tiramos todo en el medio del asfalto. En las paredes del puente, algún vecino se descargó con un grafiti contra la empresa que alguna vez ganó la concesión: “Integra: queremos tachotes como en todos los barrios”. Como no se hacen cargo, tomá. Para que la veas. Al medio de la lleca. ¿Si separamos cartón y papel del resto? ¡Qué se yo! Hacemos lo que podemos. Andá a decirle a Rulo, el del taller de electricidad para autos, que tiene un perro de mierda que le ladra en la oreja todo el día, que se acuerde de separar la basura. O decile mejor a las 300 familias de todas las etnias que salen del pasillo de enfrente, que más que un PH parece la torre de Babel volcada. Preguntale a la vieja enana que vive en Argentina hace 50 años y todavía no habla castellano si ella separa la basura. Acá no se trata de ecología, de organización social ni de una mierda. Llegás a la cuadra, ves que todos tiran las bolsas en cualquier parte y vos hacés lo mismo. Y si no te gusta, mudate a la cuadra siguiente, que dicen que son de Santa Rita para hacerse los Villa del Parque, cuando son re Paternal. 

martes, 28 de febrero de 2012

ACÁ QUEDÓ SU SANGRE


Un vaso de yogur con agua que sirve de maceta para una planta que tiene hojas con forma de moneda. Está apoyado sobre un volante con las diversas clases de artes marciales donde resalté los horarios de tai chi. Al lado, un cenicero con tres colillas. Una birome negra sin tapa que no hace falta probar para saber que no funciona. Los tornillos de algo que desarmé. La fuente quemada de una computadora que guardé pensando que podía tener un sentido artístico. Un banquito de plástico con una pata rota después de la caída de mi amigo Pablo. Fue gracioso. El mismo día volcó Ananá Fizz en la terraza y cuando quiso baldear se mojó las zapatillas. La pared a medio pintar. Una mosquita que salta por el monitor y ahora está

Acá

                                   Acá.
                                                           No, acá.

                        Acá quedó su sangre.    

domingo, 26 de febrero de 2012

EL MÉTODO DE EVALUACIÓN


Tenía que beber todo de un trago para recibir el diploma. La profesora me observaba por encima de los anteojos. No había nadie más en el aula. Metí las manos en los bolsillos del pantalón, me dejé caer en el asiento, apoyé la nuca en el respaldo y extendí las piernas, montando la izquierda sobre la derecha. Deshice la postura cuando empezó a picarme la barba y después de rascarme volví a la posición anterior. Es el último paso, remarcó la profesora en un tono meramente informativo. La escuché sin verla. Era más interesante pensar en los motivos que desgastan los bordes de los escritorios. Pregunté si ya todos lo habían hecho, mientras quitaba la mano izquierda del bolsillo y la llevaba a mi estómago. No importaba qué habían hecho y dejado de hacer mis pares. Yo debía rendir de todos modos. Sin cambiar de posición, observé el vaso y su contenido: un brebaje espeso como leche hervida, pero de un color parecido al celeste. La consistencia me recordó a los remedios de la infancia que diagnosticaban los médicos ante la imposibilidad de quedarme quieto. Creo que surtieron efecto. Ya casi no corro ni deseo levantar faldas contra la voluntad de las chicas. Parece que ahora usan pastillas. Nada líquido. Nada celeste. Salvo el examen final. La profesora, de pie, apoyó sus brazos estirados sobre el escritorio y dejó caer su peso levemente hacia mi lado. Me miró a los ojos, interpelándome. Yo observé la distancia entre sus pechos. Las uñas largas y pintadas de rojo de la profesora marcaron un compás impaciente sobre la tabla. Supuse que tenía que beber o retirarme. Sin aviso ni posición intermedia, en un solo movimiento, me repuse, tomé el vaso y tragué su contenido enérgicamente, sin pausas. Miré a la profesora, pero a mi alrededor flotaban millones de partículas plateadas, como si hubiese recibido un golpe. Me zumbaban los oídos. Sentía como si mi cuerpo terminara en la cintura y las piernas fuesen apenas un pantalón sin contenido. No percibí el momento en el cuál la profesora caminó hasta quedar detrás de mí. Tampoco pude ver de dónde sacó la toalla que colocó en mis hombros. Acercó su boca a mi oído para informar que había aprobado. Creo que sonreí con los ojos cerrados antes de vomitar. Luego pregunté si tendría que rendir nuevamente el examen o alcanzaba con dejar limpio el establecimiento.         

martes, 21 de febrero de 2012

NO HAY MAYOR TRIUNFO QUE SABERSE DERROTADO


Me electrifico hasta los dedos para señalarte una vez más.

Resto de vitalidad que saco de no se dónde
para señalarte una vez más.

Saliva espesa fermentada en mi pecho
para marcarte una vez más.

Lágrima seca de insensibilidad inyectada
que te obligaré a mirar.

Cambiaste mi voz
pero te ahogará mi aliento cuando quieras nombrarme.

Robaste mis ideas
pero todavía no descubriste su mecha

Secaste mi carne
pero haré llegar mis huesos a tu puerta. 

domingo, 19 de febrero de 2012

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA - PARTE 4



Llamo al servicio técnico. Atiende una mujer.

- Service, buen día.
- La plaqueta.
- ¿Hola?
- La plaqueta. Quiero recuperar mi plaqueta.
- Perdón, señor, ¿cómo dice?
- Ustedes cambiaron la plaqueta de mi heladera. Se llevaron la rota. Es mía.
- Disculpe, ¿me podría decir qué…?
- 12 de febrero. La Paternal. Bosch Frost Free KSU 33. Castagneto. Castagneto cambió la plaqueta y se llevó la rota. Es mía.
- Muy bien, le informaremos al técnico para que se comunique con usted.
- Ustedes dicen que las plaquetas están rotas, venden plaquetas que dicen que son nuevas a 1400 pesos, pero se llevan la que estaba. Las arreglan y las venden como nuevas.
- No, señor, de ninguna manera. Le voy a decir el técnico que se comunique.
- Castagneto. Dígale a Castagneto que espero su llamado.